Río de Janeiro: la arriesgada decisión del COI
Pasados los ecos de la estrepitosa derrota de la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2016, podemos hacer una serie de reflexiones al respecto, especialmente sobre la decisión del COI y lo que tiene de arriesgada y, por supuesto, a lo también de arriesgada que tenía la candidatura de Madrid.
Y es que la sabiduría popular ya comienza a hablar de (más que de “corazonada”, que era el lema de la candidatura madrileña) “cabezonada” por parte de la capital española y, claro está, de su Alcalde Alberto Ruíz Gallardón. No cabe duda de que, en puridad, todo lo que sea potenciar la imagen de la ciudad en el Mundo y de optar a la organización de un evento internacional de estas características es algo casi obligado para una ciudad que pretenda estar en el mapa de las grandes capitales mundiales. Sin embargo, si a ese planteamiento químicamente puro le añadimos el entorno que siempre gira alrededor del COI y de sus decisiones, nos daremos cuenta de que la candidatura de Madrid estaba ya condenada de antemano al fracaso, de modo que insistir en esta segunda ocasión para organizar los Juegos de 2016 era poco menos que un suicidio.
Leemos en el Diario El Mundo que Juan Antonio Samaranch, el que fuera Presidente del COI desde 1980 a 2001, aún apoyando la candidatura madrleña, no dejó de advertir de las dificultades que en esta ocasión ello conllevaba, algo que ya sospechaban otras candidaturas europeas como la de París, la cual prefirió reservarse para mejor ocasión, en concreto para la candidatura de 2020, una candidatura en la que las sedes europeas tendrían mayores opciones por la norma no escrita del COI de la rotación de continentes, norma que siempre ha negado el organismo olímpico pero que, no cabe duda, existe, tal y como se ha demostrado en esta ocasión.
Efectivamente, la mejor candidatura era la de Madrid, un proyecto casi completo en el que sólo había que perfilar algunas infraestructuras necesarias para albergar los Juegos Olímpicos, siendo que más del 70% de esas infraestructuras ya existían. Al mismo tiempo, Madrid cuenta con una red de transportes públicos excelente, con la proximidad a tiro de piedra de las ciudades españolas más importantes, como el caso de la subsede de Valencia, ciudad esta última con una gran experiencia a la hora de organizar eventos deportivos de calado internacional, sin hablar de sus innumerables atractivos turísticos. En pura lógica, Madrid era la candidata perfecta para organizar los Juegos Olímpicos de 2016, pero, como hemos indicado, no era el momento para presentar la candidatura, ya que la norma de la rotación de los continentes parece ser inflexible, y así se ha demostrado.
Pero además de esa norma no escrita, en esta ocasión había una candidatura que ofrecía mucho más que Madrid, algo intangible y muy alejado de la excelencia y del trabajo bien hecho: la imagen. Efectivamente, Madrid contaba con un proyecto insuperable con el que no contaban las demás candidaturas, pero le faltaba la imagen (tal vez Chicago sí la tenía, ya que contaba con el apoyo de los Obama, pero, ciertamente, su proyecto era realmente deficitario en todos los sentidos y ni la pareja de moda podría salvar dicho proyecto), una imagen con la que contaba Río de Janeiro. Obviamente, no nos referimos a la imagen que podría exigirse a una ciudad que pretendiera organizar unos Juegos Olímpicos, una imagen de seriedad, de orden, de excelencia en el funcionamiento de los servicios públicos, de tranquilidad, de seguridad, de respeto por el Medio Ambiente, …; algo que, sin duda, Río no podía ofrecer. Nos estamos refiriendo, en cambio, a la imagen política, al simbolismo de Brasil como potencia emergente en el subcontinente sudamericano, como representante de los países que llevan décadas llamando a las puertas de los países ricos del norte reclamando un lugar en los fastos que, hasta ahora, sólo disfrutaban los países ricos; un simbolismo que supieron exprimir muy bien los representantes de la candidatura brasileña, especialmente el Presidente Lula, y que, al fin y a la postre, ha sido el que le ha dado la victoria a la candidatura de Río de Janeiro en Copenhage.
Ciertamente, se trata de una apuesta muy arriesgada por parte del COI, pero, tal vez, este era el momento ideal de apostar por Sudamérica a la hora de organizar los Juegos Olímpicos, integrando a este subcontinente en el llamado “Espíritu Olímpico”, algo que podríamos considerar como una deuda de la Familia Olímpica con un territorio especialmente volcado con los grandes eventos deportivos. Y es que este podría considerarse el momento ideal porque Río de Janeiro representa a un país especialmente emergente, el cual no ha sufrido prácticamente en nada el golpe de la crisis mundial que nos azota, lo cual lo ha situado en una posición especialmente privilegiada para convertirse en una potencia mundial en las próximas décadas, algo que promete, en teoría, el éxito de los Juegos de 2016. Y decimos en teoría porque uno de los problemas que caracterizan a la región es la falta de estabilidad política, de ahí que hablemos de apuesta arriesgada por parte del COI, una inestabilidad que se manifiesta como un riesgo real para el éxito de los Juegos de 2016.
¿Cuántas veces hemos visto en Sudamérica países que constituían una verdadera promesa de futuro y cuántas veces hemos visto fracasar esa promesa? Golpes de Estado, cambios políticos sin sentido, empecinamientos personalistas de líderes “salvapatrias” e iluminados, …; circunstancias todas ellas que una y otra vez han dado al traste al traste con las ilusiones de pueblos golpeados por la miseria y el sin sentido de sus líderes políticos. Y es que a nadie escapa que Brasil es un claro ejemplo de lo que decimos: un país con un crecimiento espectacular en los últimos años que, sin embargo, sigue presentando unas bolsas de miseria brutales que no participan en absoluto de ese crecimiento económico, algo que sitúa al país en el filo de la navaja y que podría ser determinante, de no solucionarse, de convulsiones políticas en el futuro.
Corrupción, violencia, la miseria de las favelas junto a la obscenidad de la ostentación por parte de los cada vez más ricos y poderosos en Brasil, la contaminación de las playas más emblemáticas de Río de Janeiro, un tráfico caótico, unos servicios públicos más que mejorables, … Nada de eso es la mejor carta de presentación para organizar unos Juegos Olímpicos y, sin embargo, Río de Janeiro ha sido elegida para organizar los Juegos de 2016. En tal caso podríamos hablar de un cheque en blanco que ha concedido el COI a la capital brasileña, un cheque en blanco que, desde luego, pretende rentabilizar al máximo el organismo olímpico a la vuelta de los Juegos Olímpicos de ese año, ya que, como todos sabemos, el COI no es una entidad de beneficencia, sino que podemos equipararlo a una verdadera multinacional en la que, lo primero, es el beneficio económico al margen de otras consideraciones, como ocurrió en los pasados Juegos de Pekín, en los que el respeto a los Derechos Humanos por el gigante chino ocupaba un lugar más que secundario para el COI.
Como se dice en economía “el que no arriesga no gana”, algo que parece haberse aplicado muy bien el COI con esta elección de Río de Janeiro. Con esta decisión el COI mata dos pájaros de un tiro: por un lado, solventa las tradicionales críticas relativas a la querencia de los Juegos Olímpicos hacia los países ricos; y, por otro lado, se asegura unos beneficios económicos que podrían ser históricos si los Juegos en Río son todo un éxito. Esta es la doble apuesta del COI que ha dejado fuera de la carrera de 2016 a Madrid y que, unido a la tradicional rotación de continentes, debieran haber adivinado los responsables de la candidatura madrileña, tal y como adivinaron otras candidaturas de más empaque que se reservaron para 2020.
Queda ahora abierta la cuestión de si debería haber un tercer postulado para organizar los Juegos Olímpicos de 2020, algo que está generando muchísimos debates, especialmente entorno a la figura del Alcalde de Madrid Alberto Ruíz Gallardón. Efectivamente, el Alcalde madrileño planteó la organización de los Juegos Olímpicos como el objetivo principal de su mandato, casi como una apuesta personal cuyo fracaso le está pasando factura ahora. Madrid queda endeudada, sin Juegos Olímpicos y ante la tesitura de si la carrera hacia los Juegos de 2020 sería finalmente exitosa ante rivales como, por ejemplo, París, por no hablar de Tokyo, ciudad esta última que, caso de tomarse en serio el optar por los Juegos de 2020, tendría muchísimas posibilidades por la norma no escrita de la rotación de continentes. Unas dudas más que ciertas y que podrían hacer desistir a la capital de España de un tercer intento, ya que un nuevo fracaso podría resultar realmente desastroso, tanto para las arcas públicas madrileñas como para el ánimo de los madrileños, los cuales, por lo demás, podrían llevarse por delante y enterrar para siempre al político que se estrellase en el intento. Difícil tesitura para cualquier político que quiera prolongarse en el mandato.
En cualquier caso, Alberto Ruíz Gallardón aplaza el debate sobre un posible tercer intento a 2011, con la perspectiva de una posible organización por parte de España del Mundial de Fútbol en 2018, lo cual, caso de confirmarse, podría despejar el camino hacia el éxito de un tercer y definitivo postulado por parte de Madrid para organizar los Juegos de 2020. Habrá que esperar acontecimientos, especialmente si Gallardón continúa o no en el Ayuntamiento de Madrid, ya que una u otra cosa también podrían influir decisivamente en la decisión final de presentar la candidatura de Madrid 2020.
Por ahora lo único cierto es que Río de Janeiro organizará los Juegos Olímpicos de 2016, algo que, desde luego, obligará a la capital carioca a un esfuerzo sobrehumano, un esfuerzo titánico para un país como Brasil, un país sobre el que estarán puestos todos los ojos a modo de experimento, ya que la apuesta del COI pudiera considerarse como tal, a modo de test para posteriores citas, de modo que, de salir bien, podría abrir la puerta a otras ciudades que, hasta ahora, ni se hubiesen atrevido a postular para organizar unos Juegos. Tal vez la siguiente frontera sea el continente africano.
En cualquier caso, la ilusión y la actitud de la candidatura de Río le han valido a esta ciudad alzarse con la organización de los Juegos de 2016, una apuesta arriesgada por parte del COI que, al mismo tiempo, trae nuevos aires al olimpismo, abriéndolo a un nuevo continente repleto de millones de personas que han apoyado a la candidatura carioca como propia, con la esperanza de que esa apuesta represente la apuesta por un futuro mejor en un continente lleno de posibilidades que, tantas veces, se frustraron en el pasado. Esperemos que esta vez sea la definitiva y que Sudamérica, con Río de Janeiro a la cabeza, demuestren que el COI no se equivocó en su apuesta y los Juegos de 2016 sean todo un éxito.
Publicado el 5 de octubre de 2009

