Una huida hacia la Laponia sueca
Hace tiempo que las palabras de aquel señorón de la patronal, el tal Feito , retumbaban en mi cabeza. Que aceptáramos trabajo hasta en Laponia , había dicho. La invitación a abandonar el país me hacía bastante gracia. Quizás, pensé, la solución a la crisis colectiva y la de mi bolsillo en particular estaba en tan exhuberante aventura. Si los señores empresarios nos invitaban a explorar las temperaturas bajo cero, los mares helados y la aurora boreal ¿por qué no hacerles caso y dejarlos a todos aquí plantados? En medio de la noche eterna y helada, descubría la aurora boreal. En una fantasía espontánea, aparecíamos todos los menores de treinta años de este país huyendo al inhóspito paraje, consiguiendo allí una vida anodina pero apacible, con una felicidad confortable y con un punto de resignación; mientras, en el país que habíamos dejado atrás, farsantes con corbata, alopécicos mercachifles y tertulianos de todos los tamaños y colores, lloriqueaban por toda esa fugada mano de obra a la que habían repudiado, y se preguntaban quién narices pagaría ahora sus pensiones. He de decir que en mi recién descubierta pasión por la inmaculada Laponia, habían influído de manera determinante las surrealistas aventuras de Procopio , el protagonista la genial columna de Martín Girard en ‘El País’, que decidió escabullirse de amores fallidos y el embrollos futbolísticos y acabó trabajando en una granja de cerdos por aquellas tierras. Ahora que Procopio se había marchado a la Luna, decidí ocupar su lugar. Yo, que soy un tipo ignorante, no fui capaz de adivinar a cuál de las tres laponias nos había querido enviar aquel empresario, y tampoco recordaba cuál había escogido Procopio para su premeditado ascetismo. Supuse que todos hablaban de la Laponia noruega , destino habitual de guías de viajes, o la finlandesa, donde Coca-Cola le puso un apartamento a ese orondo personaje con los mofletes colorados, el tal Papa Noel . Así que en un acto de rebeldía, me decanté por la Laponia sueca , por ir a contracorriente y porque la combinación de vuelos me salía más bien barata: la sorprendente Ryanair estrenaba una ruta de vuelos a Skelleftea , ciudad que sería la puerta a mi destino. Llegué a Laponia en primavera , cuando la noche eterna del extremo norte del planeta empieza a dar una tregua a los foráneos que deciden pasar una temporada allí. Aterricé con mis ahorros de becario, insuficientes para instalarme en el lujo de aquel hotel de hielo que había leído en alguna guía de viajes. Se trataba de una de esas estructuras tan adoradas por los ricachones aburridos que alucinan durmiendo sobre una cama helada. Imaginé al tal Feito tomándose un cubalibre en un vaso de hielo tallado en el salón del hotel, mientras se jactaba, en un círculo de tipos tan estirados como él, de la resonancia de sus declaraciones allá, en su arruinada España. “¡Con lo bien que se vive en Laponia, fijaos!”, bromearía. Para sacudirme la imagen de la cabeza, me adentré en territorio sami . Es curioso como el frío polar congela los deseos más ardientes. Los paisajes helados, la blancura deslumbrante de aquel lugar, el cielo de una tonalidad de azul imposible de encontrar en otro lugar. Me quedaría a vivir en Laponia, decidí. Es verdad que encontré trabajo fácilmente, como había augurado el sibilino empresario. En la pesca del salmón , allá por el golfo de Botnia , cerca del puerto, hallé mi lugar en el mundo. No puedo hablaros de primera mano sobre los lujos para turistas en Laponia, porque mi vida fue más bien la recreación de aquella película ¿Cómo era? ‘Hacias rutas salvajes ‘. Solo que yo no llegué a tal extremo, ni me alimenté de plantas ni viví en autobús destartalado… Pensándolo bien, tampoco se parecía demasiado a la película, salvo porque a menudo me acompañaba la música de Eddie Vedder mientras pescaba salmones. Sí que sé que en Skelleftea hay varios hoteles, con saunas y jacuzzis, en los que se acomodaban algunos visitantes con los que solía conversar cuando venían a comprobar el mar casi helado. También que había una compañía que llevaba a todos los excursionistas, pilotando motos de nieve hasta que divisaban algún rebaño de renos . He de decir que al principio también aluciné viendo aquellos animales. Cuando se lo comenté al tipo al que le vendía la mercancía, me dijo que los samis tienen unas cuarenta formas diferentes de nombrar a los renos, con lo que la criatura no tenía ningún encanto especial para ellos. Reconozco que, de entre las actividades con las que las agencias sacaban los cuartos a los turistas, hubo una que sí me impresionó. Por un precio no muy elevado (aunque demasiado para mí) podía subir a bordo de un rompehielos y navegar a través de mares congelados . La imagen de la maquinaria atravesando como un cuchillo una gran masa blanquecina y la estela que formaba tras de sí me parecían una postal magnífica, no sé muy bien por qué. Finalmente, pese a que mi intención era encontrar una paz sempiterna en aquel lugar, ese estado de resignación y melancolía ligera, no aguanté más de un invierno en Laponia. Quizás el motivo sea superficial, pero uno ha nacido a orillas del Mediterráneo y no puede escapar de él para siempre. Volví después de haber visto el sol de medianoche en verano y de atravesar la noche eterna de los tiempos en invierno. Volví tras una experiencia que a duras penas soy capaz de describir: la de atisbar la aurora boreal , sus indescriptibles formas y colores. La más poderosa revelación de la naturaleza. Foto | Deivis historias relacionadas Casa+Coche=Autocaravana Shaftesbury, un pueblecito típicamente inglés











